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La primera operación, pues, fue rasgar toda la fachada -hasta entonces cerrada- para abrirla al máximo en toda su amplitud, de arriba abajo y de derecha a izquierda, con el fin de aprovechar al máximo la luz natural, creando un gran mirador de vidrios curvos, desde el que la luz y las circulaciones irían fluyendo hacia el interior. Junto a esto, la otra clave "humanizadora" fue organizar todos los espacios nunca desde pasillos sino desde conglomerados en torno a claustros (tipología secular de las universidades), plazas diversificadas, con carácter propio, muy autónomo, que mediante el tratamiento de los materiales, texturas, luz y la disposición de numerosos bancos invitan al reposo y a la relajación.
Con ello se despeja definitivamente el fantasma de una facultad desarrollada como pasillos infinitos y oscuros, zonas funcionales sólo de paso. Consignar por último que también fue necesario "lanzar" un puente de hormigón para salvar las diferencias de nivel y poder dar así entrada a la facultad por lo que en la fachada sur queda en un primer piso de altura.