





Primero, un emplazamiento accidentado por espacios vecinos, por un patio de instalaciones y por dos pantallas de hormigón (estas se aprovecharon para alojar la biblioteca entre ellas): ahí dentro el espacio del oratorio se iba dilatando hasta ir chocando y enganchándose a sus límites. Luego, la posibilidad de crear pequeñas "capillas", concavidades que ofreciesen intimidad individual al usuario, que se convertían en un enriquecimiento funcional. Por otro lado, para contrarrestar también el bajo techo preexistente y su aplastante efecto sobre un gran espacio, se instaló un dinamizador cielo raso de placas triangulares que siguen ondas regulares de movimiento, pero colocadas de tal manera que -de nuevo- se hace difícil controlar las leyes que las han engendrado, escapando pues también del control humano. Ahora bien, ese espacio vacío en un principio se quiso poblar de "vivientes", de manera que aunque asistieran pocas personas el conjunto no se viese desolado. Para ello se buscó un tipo de asiento que propiciase un paisaje de orantes eternos e inmóviles. Algo que se encontró en la silla Gaulino, para la que se diseñó (de acuerdo con su autor) un reclinatorio que la ha descubierto como ideal para espacios sacros. Esto cumplió además con la voluntad de un uso del espacio neutro y flexible, sin pasillos secundarios propiciados por los consabidos bancos eclesiales.
En la creación de todo este ambiente tiene también un papel importante la traslucidez suave de alabastros retroiluminados, los grosores verdes de vidrios y la utilización de las técnicas actuales de la publicidad para crear a tamaño natural (nunca figurillas pequeñas) lo que en otras épocas eran las vidrieras en las iglesias: toda la luz proviene de la fuerte presencia de la imaginería, escogida con toda la intención iconológica y complementada por numerosos textos. Entre pliegues y repliegues, la figura final de tal espacio orgánico, bien visible en planta, más se parece a uno de los ángeles de Paul Klee.